La cortina de la ducha era gruesa y opaca, no dejaba traslucir el interior: tendría que correrla. Respiré profundamente, traté de no pensar. ¿Por qué tenía miedo? Había revisado el resto de la casa, ya no había nadie. Ningún peligro, nada que temer. La abrí de un tirón. Las argollas volaron por el baño, cayeron y se desparramaron en el piso de baldosas, pero eso lo advertí mucho más...













